Juan Martínez Olmo,
cuenta de él su hija, Adorilla ,
que no llegó a conocerlo y por lo tanto no pudo hacer la tarea de padre y criarla, en definitiva no tuvo padre. Pero sabe que su padre estuvo de mayoral en una familia cuidando tierras y haciendo otras funciones, con la familia de Don Conrado Iriarte. Juan también cuidaba de la hija de los Iriarte,
la tomaba en brazos como a una hija, y la mimaba, Adorilla cuenta esta faceta maternal de su padre al que no conoció y le echaba de menos y que no pudo disfrutar de él, pero todo eso si lo hizo la hija de otra familia a la que Adorilla si conoció.
Humany-works Es un espacio para amigos, conocidos, cuyo recuerdo queda en forma de anécdota, relacionada únicamente con su trabajo u oficio. Quedan excluidas historias cuyo contenido no sea en torno al trabajo u oficio, relatos sobre personas que ya no están entre nosotros, sin renombre o conocidos públicamente. Si no recuerdas el nombre y apellidos de la persona, puedes citar el apelativo o mote: Ej. Paco Pérez Pérez cuenta un amigo de su bisabuelo el llamado el Tato...
domingo, 18 de agosto de 2013
D. Francisco Valero Llorens, el truco de chocolate en casa
D. Francisco Valero Llorens.
Era maestro en Burjasot, profesión que alternaba con la de chocolatero,
compraba las materias primas de Guinea Ecuatorial, antigua colonia española,
cacao azúcar etc. Llevaba su cargamento de materiales por los pueblos y
las casas fabricando los pedidos en el sitio, le pedían tantos kilos de chocolate
y él en un rato sacaba su mortero mezclaba los ingredientes y entregaba el
pedio en la misma casa. En uno de esos viajes trabajando le acompaño su mujer
que ya en estado tuvo que parir fuera de su casa en la de uno de los clientes del chocolate.
Pasado el tiempo se estableció en un obrador donde adquirió una piedra especial para
moler el cacao, de forma curvada y con un rodillo de madera iba haciéndolo más fino
junto a los otros ingredientes, pero el truco final de su buen chocolate era poner por debajo
de la piedra de moler colocaba un lata con brasas para calentar al mismo tiempo la mezcla
y así formar el rico chocolate.
Era maestro en Burjasot, profesión que alternaba con la de chocolatero,
compraba las materias primas de Guinea Ecuatorial, antigua colonia española,
cacao azúcar etc. Llevaba su cargamento de materiales por los pueblos y
las casas fabricando los pedidos en el sitio, le pedían tantos kilos de chocolate
y él en un rato sacaba su mortero mezclaba los ingredientes y entregaba el
pedio en la misma casa. En uno de esos viajes trabajando le acompaño su mujer
que ya en estado tuvo que parir fuera de su casa en la de uno de los clientes del chocolate.
Pasado el tiempo se estableció en un obrador donde adquirió una piedra especial para
moler el cacao, de forma curvada y con un rodillo de madera iba haciéndolo más fino
junto a los otros ingredientes, pero el truco final de su buen chocolate era poner por debajo
de la piedra de moler colocaba un lata con brasas para calentar al mismo tiempo la mezcla
y así formar el rico chocolate.
Doña María Torrecillas y el lobo de María
Doña María Torrecillas.
Madre de mi abuela Escolástica Gázquez, trabajaba en los tareas del campo de la Sierra de María,
un día regresaba del campo al atardecer en su mula, cuando vio como la sombra de un animal le seguía
por la orilla del camino, pensó en un perro pero cuando oyó sus gruñidos y se giró y vio a un lobo de
pelaje gris, de un respetable tamaño, viendo el sigiloso seguimiento del animal y que se posicionaba
en la parte alta de la cuneta pensó que podía ser cuestión de segundos que este atacara a la mujer,
ya mayor y aparentemente desprotegida, por eso sin pensarlo se sacó las dos alpargatas se las ató
en el brazo derecho, y con la mano izquierda abrió la navaja que llevaba en el bolsillo,
bajo ágilmente del burro y rápidamente provocó al lobo para que este se decidiera a lanzarse,
con su brazo derecho rodeado del esparto de las zapatillas se llevó la dentellada del feroz animal,
pero con el izquierdo le hico el cuchillo en el cuello, ahí quedo el lobo con su prepotencia y astucia,
no pudo ante la estrategia de una vieja que se mantenía ágil. Así Doña María entro en el pueblo
que lleva su nombre con un lobo como trofeo a lomos de su burro, para asombro de sus
conciudadanos. La piel del lobo la tuvo muchos años mi abuela sobre un sillón de su casa.
Madre de mi abuela Escolástica Gázquez, trabajaba en los tareas del campo de la Sierra de María,
un día regresaba del campo al atardecer en su mula, cuando vio como la sombra de un animal le seguía
por la orilla del camino, pensó en un perro pero cuando oyó sus gruñidos y se giró y vio a un lobo de
pelaje gris, de un respetable tamaño, viendo el sigiloso seguimiento del animal y que se posicionaba
en la parte alta de la cuneta pensó que podía ser cuestión de segundos que este atacara a la mujer,
ya mayor y aparentemente desprotegida, por eso sin pensarlo se sacó las dos alpargatas se las ató
en el brazo derecho, y con la mano izquierda abrió la navaja que llevaba en el bolsillo,
bajo ágilmente del burro y rápidamente provocó al lobo para que este se decidiera a lanzarse,
con su brazo derecho rodeado del esparto de las zapatillas se llevó la dentellada del feroz animal,
pero con el izquierdo le hico el cuchillo en el cuello, ahí quedo el lobo con su prepotencia y astucia,
no pudo ante la estrategia de una vieja que se mantenía ágil. Así Doña María entro en el pueblo
que lleva su nombre con un lobo como trofeo a lomos de su burro, para asombro de sus
conciudadanos. La piel del lobo la tuvo muchos años mi abuela sobre un sillón de su casa.
D. Miguel Martínez García. Un balcón para dos actividades
D. Miguel Martínez García
De Galera , en este pueblo vivía, y tenía un cerro de roca
caliza, mineral del cual se obtenía el yeso, también cerca de aquel cerro tenía
cultivos de la huerta, y su casa tenía un balcón que daba a ese paraje; diríamos
que cuando se asomaba al “balcón del control” veía dos actividades
empresariales simultáneas, como iban los
carros de los yeseros a por rocas para molerlas y sacar el yeso con el cual los
albañiles se ayudaban para construir casas, que por cierto la yesería estaba en
Huéscar, y como en la huerta trabajaba su ayudante recogiendo cebollas o tomates
o haciendo otros cuidados.
ahí llega el Hilario
Hilario
Era pescadero en Huéscar, el único en ciertas épocas, traía el pescado de Garucha en Almería,
en carros repletos de hielo por la noche, para anunciar a los del pueblo que había pescado fresco,
lo anunciaba contratando un pregonero. “ aviso al público que acaba de llegar sardina fresca a dos reales
el kilo”. El tal Hilario eran de una proporción desmesurada de cintura
y de un peso que desfondaba al motocarro que conducía, cuando llegaba la Semana Santa,
todo el mundo miraba a ver si le reconocían, los familiares o amigos tras el disfraz de nazareno,
por eso siempre en las procesiones hay cierto cuchicheo: “ahí va fulanito o menganito”,
pero cuando veían aparecer el doble calibre, de la sombra de un nazareno muy especial,
todos decían sin recato: “ahí llega el Hilario”, como si fuera un paso de la semana Santa de todos los años.
Era pescadero en Huéscar, el único en ciertas épocas, traía el pescado de Garucha en Almería,
en carros repletos de hielo por la noche, para anunciar a los del pueblo que había pescado fresco,
lo anunciaba contratando un pregonero. “ aviso al público que acaba de llegar sardina fresca a dos reales
el kilo”. El tal Hilario eran de una proporción desmesurada de cintura
y de un peso que desfondaba al motocarro que conducía, cuando llegaba la Semana Santa,
todo el mundo miraba a ver si le reconocían, los familiares o amigos tras el disfraz de nazareno,
por eso siempre en las procesiones hay cierto cuchicheo: “ahí va fulanito o menganito”,
pero cuando veían aparecer el doble calibre, de la sombra de un nazareno muy especial,
todos decían sin recato: “ahí llega el Hilario”, como si fuera un paso de la semana Santa de todos los años.
Ciroleto,
Cuenta doña Soledad Ambel que este señor tenía el trabajo de
encender un interruptor de tamaño especial, para dar la luz en el pueblo, este
interruptor estaba en la plaza del pueblo y al atardecer se acercaba con un
palo muy largo acabado en un clavo de hierro con e que accionaba el interruptor,
mientras todos los niños miraban aquel prodigio del encendido.
domingo, 28 de abril de 2013
D. Uvaldo Agulla, bisabuelo de mi amigo Javito, era de Ponteareas,
emigró a Buenos Aires y luego se fue a Salvador de Bahía, no me voy a referir ahora
a su profesión exactamente, sino mas bien al esforzado trabajo de su mujer,
ama de casa que le acompañó en su recorrido emigratorio por la América de los gallegos.
Esforzada mujer como digo, que aun por encima, quería mucho a D. Uvaldo, y para que visualicen mejor
lo que les voy a contar recuerden que él era mucho más alto que ella, por lo tanto nuestra protagonista
era menudita, y muy esforzada en el amor. Resulta que cuando había un enfado familiar, él ponía las manos
hacia atrás y erguía la cara y fruncía el ceño, de tal manera que aumentaba su altura, especialmente la de sus
labios, los cuales, la esforzada mujer, buscaba con ansia, procurando el perdón y la reconciliación,
pero con la altivez y la estatura del marido la pequeñita mujer no podía; de tal forma que el ingenio
la acompaño junto a su pasión, aunque solo fuera en contadas ocasiones: en una de esas rabietas el marido
vio que ella también escondía las manos detrás de sus pequeñas posaderas, y pensaría... esta mujer
me está imitando en mi forma soberbia de reclamar el perdón..., pero no era así, lo que ocurrió fue
en una décima de segundo, sin que el grandullón de su marido tuviese tiempo a reaccionar
ya que las manos las tenía en actitud de comandante y no de soldado, ella sacó sus manos escondidas de su trasero
empuñando una pequeña banquetita de madera, de un solo peldaño, la puso a los pies de su marido, subió el peldaño,
se le colgó del cuello, y le besó, sin dar cabida a la más mínima reacción del "enemigo",
que al cabo de unos segundos y con los labios sellados por el amor, también trajo su manos escondidas de su propio trasero y la abrazó, asombrado por tal emboscada, no tuvo más remedio que reconocer que su pequeñita mujer
merecía todo el perdón o al revés que aquel grandullón, tan difícil de escalar, también merecía ser perdonado en Salvador de Bahía.
emigró a Buenos Aires y luego se fue a Salvador de Bahía, no me voy a referir ahora
a su profesión exactamente, sino mas bien al esforzado trabajo de su mujer,
ama de casa que le acompañó en su recorrido emigratorio por la América de los gallegos.
Esforzada mujer como digo, que aun por encima, quería mucho a D. Uvaldo, y para que visualicen mejor
lo que les voy a contar recuerden que él era mucho más alto que ella, por lo tanto nuestra protagonista
era menudita, y muy esforzada en el amor. Resulta que cuando había un enfado familiar, él ponía las manos
hacia atrás y erguía la cara y fruncía el ceño, de tal manera que aumentaba su altura, especialmente la de sus
labios, los cuales, la esforzada mujer, buscaba con ansia, procurando el perdón y la reconciliación,
pero con la altivez y la estatura del marido la pequeñita mujer no podía; de tal forma que el ingenio
la acompaño junto a su pasión, aunque solo fuera en contadas ocasiones: en una de esas rabietas el marido
vio que ella también escondía las manos detrás de sus pequeñas posaderas, y pensaría... esta mujer
me está imitando en mi forma soberbia de reclamar el perdón..., pero no era así, lo que ocurrió fue
en una décima de segundo, sin que el grandullón de su marido tuviese tiempo a reaccionar
ya que las manos las tenía en actitud de comandante y no de soldado, ella sacó sus manos escondidas de su trasero
empuñando una pequeña banquetita de madera, de un solo peldaño, la puso a los pies de su marido, subió el peldaño,
se le colgó del cuello, y le besó, sin dar cabida a la más mínima reacción del "enemigo",
que al cabo de unos segundos y con los labios sellados por el amor, también trajo su manos escondidas de su propio trasero y la abrazó, asombrado por tal emboscada, no tuvo más remedio que reconocer que su pequeñita mujer
merecía todo el perdón o al revés que aquel grandullón, tan difícil de escalar, también merecía ser perdonado en Salvador de Bahía.
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